Era una tarde común, tal vez se extralimitaba un poco en lo usual. Como todas las tardes de un verano joven, el deseo de los niños se sentía en el aire, el abrazo de humedad colgaba de los árboles y el calor nos adormentaba. Quería salir, jugar y no pensar en las infinitas torres de tareas que me esperaban. Pero resulta inevitable pensar en otra cosa. Historias paralelas cruzan en el mundo, risas que no terminan y se mezclan con otras, en un sol que desaparece y que desconoce al tiempo. El calor del verano evapora toda intención de trabajar. Me levanto a buscar un vaso de agua. La madera suena en cada paso, el ruido del cristal se mezcla en la armonía del ruido de la calle y una vez más me envuelve el sonido de la música de lo cotidiano. Sin tener otro deseo camino saltando a la ventana. Procuro no pisar la sombra que hace la persiana sobre la alfombra y esta me da cosquillas entre mis dedos en los pies.
El paisaje es el mismo que siempre ha sido, y el de hoy no es especial. En el cielo juega una cometa y se oye un coro desafinado en la esquina en un intento de celebrar un cumpleaños, que probablemente no fue hoy. Se van miles de autobuses que van y vienen de lugares que desconozco. Llevan a gente, les muestran lugares con promesas tácitas. Las nubes se deslizan estáticas sobre la superficie del cielo.
Y como una capa, los colores de la tarde ya no son pesados, al contrario, tornan a rosado y morado que distorsiona el color de las hojas y el calor se evapora. La ciudad no se inmuta, pero yo dejo de vivirlo. Por un instante no soy mas que el rosado, el color de todo. La perspectivas cambian y no ocurre nada más. El mundo es perfecto por un instante. No existe nada. No hay belleza que lo supere, por un momento me desaparezco en mi. Y tan rápido como me voy regreso. Me llaman. Volteo y noto que nada había interrumpido mi pasar del tiempo. Al voltear, no existía mi atardecer, sino el sudor sobre la piel de los peatones, el ruido que no cesa y la luz que poco a poco deja de invadir la superficie. La pesadez me vuelve a invadir y quedo sola con mis tareas. En una tarde que llama al verano que pareciera no querer llegar.

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